DULCE DE LECHEEn las dos últimas semanas he quedado seis veces con Pilar. Dos días entre semana. Un sábado. Un domingo. Hoy. Casi día sí, día no. Demasiado tiempo dedicado a lo que empezó siendo un desayuno de trabajo. Horas extras no remuneradas que diría malintencionadamente alguno de mis compañeros. Si se enterase claro. Porque Pilar es una cliente. Bueno, una posible cliente. Ahora no se si quiero que lo sea. En su DNI pone 34 años. Pero ella tiene 28. O eso dice. O eso verdaderamente aparenta. Cuatro de los seis de diferencia corresponden a un matrimonio fallido con un acaudalado empresario de la construcción que quiso retirarla no solo del mercado sino también del mundo. También quiso robarle su vida. Pero no se dejó. Se cansó del unifamiliar sin más familia que dos y la asistenta, de la tranquilidad de los 30 km “
a veinte minutos del centro”, de la falta de estress, de la inactividad que la convertía en inútil, de lucir como florero y de la cama vacía tres noches por semana. Viajes de negocios. Putas de a 3.000.
Rescatada para los demás por una infidelidad voluntariamente descubierta, ahora luce sus 34/28 como Directora de Marketing en una multinacional de productos de belleza. Más que guapa, extraordinariamente atractiva. 170 cm (más 10 de imprescindible tacón) de elegante distinción. Ojos verdes. Melena capeada. Tres tonos de falso rubio. Moreno perenne. Cádiz en verano, Sierra Nevada en invierno. Rayos entretiempo. Aunque lo niegue rotundamente. “
Moreno natural”. “Ya.”. Exuberantemente discreta, cualquiera de sus prendas tiene nombre, apellido y más de tres cifras en su etiqueta. Dos horas de gimnasio al día y una entrenadora personal dan forma a un cuerpo exquisito donde ni falta ni sobra nada. Sus pechos son eso, suyos. Aunque yo malpensado lo dudase. Ahora lo tengo claro.
El martes 26 apareció con británica puntualidad a las 9:30 horas en el lobby del
Hotel Urban donde habíamos quedado para desayunar. Tacón. Vaqueros ceñidos avejentados por algún diseñador italiano, camiseta blanca inmaculada y americana de paño azul. Su escote venía adornado por un collar con corales. Llegó con una compañera. Yo con mi jefe. A su compañera no la recuerdo. La cara de mi jefe sí. Caminamos hasta una de las mesas del fondo que dan al acogedor patio con motivos de arte africano. Me fijé en su cadencia al caminar. La observé de arriba abajo. Ella giró la cabeza inesperadamente cuando yo iba por el final de su espalda. Se sorprendió. Me ruboricé. Nos sentamos, cumplimos con las formulas de compromiso e intercambiamos tarjetas. Después hablamos de trabajo entre café y zumos, dulces y salados durante dos horas. De sus intereses, voluntades, demandas, necesidades y expectativas. Todo claro.
“Encantada”. Media sonrisa. “
Un placer”. “
Hablamos la semana que viene”. La miro de nuevo mientras se va. Se vuelve a girar de repente. Se ríe. Otra vez ruborizado. Esa misma tarde la llamé a su despacho con la excusa más tonta que se me ocurrió. “
Te dejo mi móvil para lo que necesites. En la tarjeta no aparece”. Solté a bocajarro. “
Qué servicial. ¿A cualquier hora?”. “Depende”. “¿De qué?”. “Hay unos criterios. Podemos discutirlos café mediante”. Órdago. “
Hoy saldré tarde”. “
Entonces cambió café por copa”. Segundos de silencio.
“¿A las 11?”.”Perfecto”. Cuelgo el teléfono. Ojos de incrédulo. Sonrisa tonta.
Fuimos a tomar esa copa a
Loft 39, en la calle Velázquez. 5 minutos andando desde mi casa. Tan previsor como iluso. Hablamos y reímos hasta el tercer Gin & Tonic. Nada de trabajo. Todo de su vida. A las dos de la mañana se fue. “
Eres un atrevido”. Y cogió un taxi. Yo camine hasta mi casa. Tardé 10 minutos más de lo habitual. Al día siguiente un continuado intercambio de mails con ella me mantuvo ausente durante toda la jornada laboral. Escribiendo. Enviando. Pendiente de recibir. Constante
Send/receive. Inmediato
Delete.
El jueves disfracé de trabajo un desayuno con ella en
Cacao Sampaka. Chocolate, sustituto simbólico. Quedamos para cenar el viernes. De vuelta en la oficina cancelé (para su asombro) la cena que tenía fijada al día siguiente con Carla y reservé en
Pandelujo, el nuevo restaurante de Alberto Chicote en la calle Jorge Juan. De nuevo a 5 minutos de mi casa. Previsor, iluso y reincidente. No es tan bueno como esperaba, sigo prefiriendo Nodo. Lo mejor el vino. Que sirvió para desinhibirnos y hacernos coquetear descaradamente. Tomamos una copa en
Bogo y me invitó a tomar otra en su casa. “
Aquí al lado”. Pasé la noche en su piso de la calle Ortega y Gasset. Duplex. 160 m2. Un divorcio y un buen abogado. Empecé bebiendo ginebra en un sofá blanco de piel. Acabé desayunando besos en unas sábanas de raso. Casi tan suaves como su piel.
El miércoles desayunamos de nuevo juntos. Los cuatro. Con mi jefe y su compañera. En
Embassy. Otra vez trabajo. Ella igual de guapa. Yo igual de expectante. La novedad la ponía el cruce furtivo de miradas y sonrisas cómplices. Sospecho que su compañera lo sabe. Mi jefe, obviamente no. Cruzo los dedos. Ella las piernas buscando el roce por debajo de la mesa. “
Ahora la atrevida eres tú” le dije con los ojos. El jueves cenamos en
La Matilda, un italiano delicioso en el callejón de Puigcorbé regentado por la hermana de la actriz Lucía Giménez. Estaba allí Claudia, una amiga suya redactora de una de esas revistas lyfestyle femeninas en las que todo el mundo se muere por salir. Nos presentó. Aunque yo ya había coincidido con ella en alguna fiesta no hacía mucho. No dije nada. Ella nos presentó a su acompañante. Creo que era su primera cita. Anoche Pilar me confirmó que no me equivocaba. Hablamos y nos reímos durante toda la cena. Esta vez me preguntaba más sobre mí que me contaba cosas de su vida. Le resultaba gracioso. Incluso cuando yo no lo pretendía. Me invitó a cenar en su casa el sábado. 22:00h. Vino en una mano. Helado en la otra. Blanco. Dulce de leche. Velas y su intenso perfume. Cenamos con
Chick Corea de fondo.
Cesaria Evora nos sirvió la primera copa.
Diana Krall me obligó a besarla. El dulce de leche lo tomé de sus pechos. Nos entregamos a la noche con
Stéphane Pompougnac y uno de sus recopilatorios para el
Hotel Costes de París.
Gotan Project. Besos.
De-Phazz. Caricias.
Yves Montand. Más besos. Creo que sonaba
Grace Jones por segunda vez cuando nos dormimos. Me desperté hoy a medio día. Ella seguía durmiendo. A mi lado. Desnuda. Me dolía la cabeza. A mi botella de vino se habían sumado otras dos. La última descansaba vacía sobre la alfombra de la habitación. Se despertó. La besé de nuevo. Jugamos. Sonrió. Se quedo en la cama. Yo me levanté. Me duché. Me volví a poner la ropa del día anterior. Me despedí y me fui. También le dejé una nota. Seguro que le ha gustado. Pasé por mi casa, me cambié, llamé a Alex y nos fuimos a comer a la taberna
Los Huevos de Lucio en la Cava Baja. Le conté la historia. Él la conoce. Es una mierda. Todo el mundo se conoce. Se rió, me dio la enhorabuena con ese énfasis eufórico tan del género masculino y me preguntó que iba a hacer… No supe responderle. Me he pasado la tarde en la
FNAC entre libros y discos. Mirando mucho pero sin ver nada. ¿Qué voy a hacer de qué? La pregunta me ha acompañado mientras venía caminando hasta mi apartamento. Mientras escuchaba el CD de Morrisey que me he comprado sin saber muy bien porqué. ¿Hacer? He encendido el ordenador y me he puesto a escribir… ¿Es que tengo que hacer algo?